lunes, 6 de diciembre de 2010

Millón y medio de ejemplares en los últimos diez años en España.

Los colportores eran vendedores itinerantes de la Biblia (o porciones de ella), y su trabajo fue esencial en la extensión del evangelio en el pasado. En la revista “El joven cristiano” (15 de Febrero de 1.934) encontramos una reseña de su trabajo en la distribución de las Escrituras:

“Sobre la aridez de las cifras florece un hecho. Contado a ejemplar por persona, o por mejor decir, a persona por ejemplar, un millón y medio de españoles han recibido de la mano de colportores de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, en los últimos diez años, un ejemplar de la Palabra de Dios.
¡MILLÓN Y MEDIO! De cada veinte españoles, uno. De cada veinte casas, cuatro, suponiendo las familias, una con otra, de cuatro miembros.
Unos, los menos, han recibido una Biblia completa. ¡Qué tesoro, para el hombre, para la mujer; pero, sobre todo, para el jovencito, para la muchacha! Yo me acuerdo cuando leía la Biblia en mi niñez, cuando ya era un muchacho, y en mi juventud. ¡Qué universo más espléndido abrió ante mis ojos! Y con su vista y contemplación estoy encantado aún hoy.
Otros han recibido sólo un Nuevo Testamento. Los colportores han encontrado luego algunos de estos Nuevos Testamentos en las cestas de costura de las aldeanas, en los zurrones de los pastores y en los bolsillos de los artesanos. Sin contar otros a los cuales falta algo del principio de San Mateo y algo del fin del Apocalipsis, lo cual no siempre es mal signo, pues quiere decir que han sido usados. Alguno ha tenido que ser rescatado del estercolero, con el asombro de la pobre mujer que lo había echado allí por instigación del cura..., sin haberlo leído.
Los más han recibido un Evangelio, o la colección de los Evangelios. O un Proverbios, o un Job, o un Daniel, o un Salmos, “Estos libros no son como los demás libros”, dicen mucho que paladean el estilo sublime y divino de la Sagrada Escritura. Pensemos que hubo quien jamás habría leído nada en su vida, y jamás había pensado comprar un libro (como no fuese un librillo de papel de fumar), y se encuentra de manos a boca, por así decirlo, con la sabiduría de Salomón, las profundidades de sentir y pensar de Job en su aflicción, el heroísmo de Daniel y sus compañeros en al cautividad, o el magnífico “Himnario de Israel” que es los Salmos.
El que nada tiene y nada va a tener, necesita lo mejor. El que va a leer sólo un libro, necesita la Biblia (y el que va a leer muchos, también). El que no va a tener maestros humanos, necesita el Maestro Divino en su Santa Palabra y la guía eficaz del mismo Espíritu de Dios.
“Esto es lo que se debe hacer –dijo una señora en Rubielos de Mora a un colportor- , propagar el Evangelio. Es estos pueblos estamos muy necesitados de ello, porque los curas no nos lo han enseñado. ¡Qué bueno debe ser usted y quien le manda!”.
“Cada día que leo este libro –dijo uno en otro pueblo al mismo colportor-, me interesa mucho más que lo lean los jóvenes, para que se enteren que sin Dios no podemos vivir.”
“Conozco estos libros –dijo aún otro-, y por lo que puedo entender, cambian las personas y los corazones. He conocido personas blasfemas y ateas que después de leer estos libros estaban transformadas.”...
Adolfo Araujo

Pensamiento: Sigamos distribuyendo la Palabra en nuestros días...
Foto: Adolfo Araujo

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